Vigo debe tener sus puntos bonitos, sus rincones especiales. Seguro que sus habitantes saben ver el encanto de la ciudad. Pero nosotros, sinceramente, no le encontramos el punto. Nos pareció una ciudad industrial, que se había ido construyendo a medida que crecía, sin tener en cuenta ningún plan. Las construcciones modernas habían engullido a las antiguas y tradicionales, estrangulándolas (y quitándoles toda la gracia).
Tampoco quiero cebarme.
Tal vez algún día alguien me demuestre que es una ciudad hermosa, pero que no supimos hacia dónde mirar...
Esa noche cenamos en el casco viejo de Vigo. En un restaurante cuyas terrazas se extendían cuesta abajo con vistas al mar. Restaurante Don Quijote, calle Laxe, 4. Nos atendió un camarero encantador, que nos aconsejó, y nos trató en bandeja. Comimos allí un pulpo a la gallega espectacular, que preparaban allí en la misma terraza donde estábamos sentados, junto a un tonel de madera, y que causó admiración a los ojos de Raquel y Laura.
Fue un buen final para un día completo.
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